Lo nuevo y lo que permanece

Diciembre siempre llega con la misma paradoja: parece que el año se ha ido volando y, al mismo tiempo, estos días se sienten como años concentrados. Entre cierres de proyectos, balances personales y agendas que se aprietan para crear huecos con la gente que queremos, el tiempo deja de ser una línea y se convierte en algo que intentamos estirar, comprimir y negociar. Es ahora o será el año que viene. O tal vez nunca.

También es un mes que obliga a mirar hacia atrás. Cada año trae nuevas herramientas, nuevas plataformas, nuevas formas de medirlo todo: pasos, horas de sueño, reuniones, productividad. Lo digital se actualiza a una velocidad que convierte en “clásico” algo que apenas lleva unos años con nosotros. Lo que ayer era novedad hoy es “vintage” o, con cierta crueldad, simplemente “viejo”.

Por eso resulta tan particular que, en el mundo de la relojería, el tiempo parezca avanzar de otra manera. La relojería como negocio se renueva: cambian los materiales, se afinan los calibres, se exploran nuevas complicaciones, se juega con pesos, esferas, brazaletes y proporciones. Las manufacturas dialogan con el presente, lanzan reediciones, cronógrafos más ligeros, relojes deportivos pensados para un día a día cada vez más acelerado. Todo se adapta al ahora. Y, aun así, el corazón de la máquina permanece.

La esencia de un guardatiempo mecánico sigue siendo la misma: un conjunto de ruedas, muelles y órganos reguladores que, con paciencia y rigor, organizan el paso de los segundos en la muñeca. No se impone, no compite a gritos con la última pantalla. Está ahí porque alguien lo elige. En un mundo obsesionado con lo inmediato, todavía hay quienes prefieren seguir el barrido de un segundero clásico, escuchar el latido discreto de un calibre automático que lleva décadas en servicio o mirar un reloj de tres agujas heredado antes que desbloquear una notificación más.

Tal vez tenga que ver con la necesidad de guardar algo más que horas. Un reloj no solo debe ser fiable; también debe ofrecernos una historia. Puede ser la de la primera pieza que marcó un ascenso, un viaje, un nacimiento. Puede ser la de un modelo que ya se considera “antiguo” pero que sigue funcionando con la misma precisión de siempre. Mientras cada diciembre empuja nuestros recuerdos un poco más lejos, esas piezas permanecen, silenciosas, sosteniendo pequeñas biografías en su interior.

Quienes leen Tempus Watches Club suelen compartir esa misma manía: detenerse un segundo más de lo necesario frente a un reloj y preguntarse qué tiempo guarda, qué capítulo de la historia de la relojería representa, qué lugar ocupa entre lo que fue y lo que está por venir. La relojería nos recuerda que no todo lo valioso tiene que reiniciarse cada seis meses. Se puede innovar sin borrar el origen. Se puede mirar hacia el futuro sin perder de vista la primera caja, el primer calibre, esa referencia que abrió un camino.

El reloj que llevamos hoy en la muñeca no existiría sin todos los que han venido antes, igual que este fin de año no tendría sentido sin los pasos —acertados o no— que nos han traído hasta aquí. Este número de diciembre recoge precisamente esa tensión entre lo nuevo y lo perdurable: lanzamientos recientes, piezas que reinterpretan códigos clásicos, reediciones que miran al pasado y guardatiempos pensados para acompañar muchos fines de año más.

Quizá por eso, en estos días de listas, propósitos y carreras contra el calendario, conviene hacerse una pregunta sencilla: ¿cómo quiero guardar mi tiempo? No solo cuándo llegar a todo, sino en qué quiero convertir las horas que vienen y qué relojes quiero que las acompañen. Un reloj no puede decidir por nadie, pero sí puede ser un recordatorio.

Las páginas que siguen son, simplemente, una excusa para pensarlo con calma.

Isabel Prato